Los antídotos contra la desesperanza

de Sarah Hartman, voluntaria del programa de salud mental

Convivencia entre Nati (Natividad) Hernández Vázquez, Irma Cifuentes Matías, y Eva Díaz Morales (participantes de un taller de la clínica) en la cual dan la bienvenida a la voluntaria Sarah Hartman en su cocina y le enseñan cómo hacer tamales.

Convivencia entre Nati (Natividad) Hernández Vázquez, Irma Cifuentes Matías, y Eva Díaz Morales (participantes de un taller de la clínica) en la cual dan la bienvenida a la voluntaria Sarah Hartman en su cocina y le enseñan cómo hacer tamales.

Hay una parte particular de la misión de Partners In Health y Compañeros En Salud (CES) que se me queda pegado: <<Servir como un antídoto contra la desesperanza.>> Creo que CES encarna esto en su trabajo, desde cuidar a pacientes que no tendrían acceso a servicios de salud hasta invertir en sistemas de salud publica para sostener esta asistencia. Esta misión me ha inspirado en mi trabajo de salud global, y me trajo hasta Chiapas para ser una voluntaria del equipo de salud mental de Compañeros En Salud.

También me atrajo trabajar con CES porque necesitaba mi propio antídoto de la desesperanza. Sabía que la salud global era mi vocación, pero en la universidad me perdía en el miedo de las consecuencias no anticipadas de intervenir y una parálisis abrumadora de la <<enormidad>> de los sistemas y la violencia estructural, en el cual te sientes como si vendaras una herida justo cuando empieza a sangrar otra. Empecé la universidad como una idealista con ganas de cambiar el mundo, y salí siendo una cínica renuente. Durante los dos años pasados, con discusiones, libros, y una maestría en salud mental global, he encontrado un punto medio entre la humildad y la esperanza. La misión de Partners In Health/Compañeros En Salud, los ensayos de Paul Farmer y otros, y mi trabajo con Partners In Health Engage (una red de activismo de la salud global, creada por PIH) me acompañaron a través de este proceso, así como mis amigos, familia y oración. Pero desde la universidad no había vuelto <<al campo>>  y tenía un deseo profundo pero vacilante de regresar. Tenía confianza en que Compañeros En Salud seguiría acompañándome en este proceso.

Entonces llegué a Compañeros En Salud buscando mi propio antídoto contra la desesperanza y para ser parte de un sistema que provee este antídoto a otros. He encontrado mi nicho en salud mental global, y he visto cómo cambios pequeños impactan vidas y se aproximan poco a poco a los problemas más grandes y sistémicos. Este proceso es cíclico, no linear. Pero este antídoto y la retórica de la salud como un derecho humano, que me trajeron a Chiapas, no son las cosas que me mantienen, si soy honesta. Lo que me mantiene son las personas dedicadas a esta misión, que sirven como un antídoto contra la desesperanza entre ellas.

Primero, está la dedicación de nuestros empleados y voluntarios. Ellos no piensan que es un trabajo <<9 a 5>>; su trabajo es su vida y no lo querrían de otra manera. Las juntas por la noche mezclan discusiones de salud global y sueños. Hay algunos que usan sus domingos para organizar la logística semanal de nuestros acompañantes o para visitar un paciente que está muriendo de cáncer. Algunos trabajan en una clínica toda la semana y pasan los fines de semanas en clases de enfermería. Otros que trabajan, estudian, y cuidan a sus niños, con propósito y una sonrisa; que derraman lágrimas de frustración y tristeza por sus pacientes que sufren de la violencia domestica, y después siguen adelante y continúan luchando al lado de ellas; que asisten a sus juntas aún cuando sus esposos no quieren que trabajen, porque creen en CES. Admiro cómo todos llegan a donde sea para servir a sus pacientes y mejorar nuestros programas. Esta comunidad se ha convertido en mi red de apoyo y mi inspiración.

Mi inspiración se extiende a nuestros pacientes. Ellos también están dedicados a servir como un antídoto a la desesperanza, mientras enfrentan obstáculos sistemáticos y personales. Están nuestros pacientes que han estado al punto de suicidarse, pero reciben un llamado desde algo profundo adentro de ellos; se acuerdan de sus niños o permiten que un acompañante les apoye. Están los que antes guardaban todo su dinero para llevar un familiar al doctor, y que ahora tienen gratitud infinito por el cuidado gratis de CES; que desean oportunidades para sus hijos y sus hijas. Nuestros pacientes, como nuestros proveedores, están dedicados a la misión de CES.

La belleza de CES, de PIH, y de cualquiera persona u organización que entienda qué significa vivir en comunidad, es que este antídoto a la desesperanza funciona en dos direcciones. Las personas que cuidan necesitan ser cuidadas y nuestros pacientes necesitan cuidar a otros. CES lucha por romper el estereotipo del doctor heróico y del paciente indefenso.

Nuestros empleados y voluntarios se permiten cuidarse a si mismos. Son conscientes de sus propias necesidades espirituales y emocionales cuando meditan, oran, hacen ejercicio o platican con un ser querido. Se permiten ser vulnerables; al ser la voluntaria de salud mental, he tenido el privilegio de que muchos han confiado en mi. En general, hablan honestamente y francamente de las frustraciones y dificultades de su trabajo. Me inspiran a hacer lo mismo.

Nuestros pacientes, en paralelo, cuidan a las personas que los cuidan. Abren sus casas a nuestros colaboradores, y nos comparten café y gratitud cuando sentimos que nuestro trabajo no es suficiente. Me dan consejos para un matrimonio exitoso cuando me preocupo por el futuro. Siempre se apoyan los unos a los otros.  

Entonces, he llegado al punto de pensar que actuar como un <<antídoto contra la desesperanza>> es un proceso de dos direcciones. Es permitirse dar y recibir cuidado. Los problemas que enfrentamos en este proceso son difíciles y complejos. No siempre nos sentimos listos pare ser vulnerables ni para cuidarnos. A veces las familias o los colegas no nos apoyan, sino que abusan de nosotros. A veces sentimos que pasamos más tiempo haciendo papelería que progresando.

Pero la dedicación a servir como un antídoto contra la desesperanza para nuestros pacientes y nuestros colegas asegura que la lucha por la salud global continúe y que todos los que sean tocados por esta lucha sigan siendo sostenidos. Todavía hay más trabajo; siempre vamos a ver más trabajo, pero estoy muy agradecida por las personas a mi lado.

La pasante Dra. Lorena Ponce de León atiende a Julio en su casa, antes de compartir un desayuno preparado por su mamá.

La pasante Dra. Lorena Ponce de León atiende a Julio en su casa, antes de compartir un desayuno preparado por su mamá.